Acercar a los jóvenes al oficio de leer no es tarea fácil. Después de años de préstamos ininterrumpidos en la biblioteca del colegio, de pronto sienten que los libros ya no son atractivos. Tal vez sean las historias. Se diría que Teo va al Parque ya ha dejado de ser su lectura favorita. Quizá se trate del formato. Un ejemplar sin una portada atiborrada de colorines, se parece más a un ladrillo que a una prometedora aventura llena de fantasía. La ficción corre por los videojuegos, el mundo es una pantalla de Minecraf o una partida en el Credo de los Asesinos.
¿Para qué leer historias llenas de palabras, si en las redes sociales se puede estar al tanto de las vidas de todo el mundo aderezadas por instantes robados en el móvil de otro?
En este panorama hemos plantado una semilla de esperanza. Los antiguos tebeos de la infancia, los Mortadelos, Sacarinos y Super López han dejado en la memoria de los adultos el nostágico deseo de regresar a aquel tiempo perdido de Superman, Flash Gordon, Mandrake el Mago, el hombre enmascarado, el Corsario de Hierro, El capitán Trueno, Cimoc, Blue Jeans, el Víbora, Tótem, Creppy o Esther y su mundo. Esas historias nos hicieron felices en nuestra adolescencia. Por ello, hemos decidido hacernos con una colección de novelas gráficas que sabemos que harán las delicias de nuestros jóvenes como en otro tiempo nos fascinaron a nosotros. En nuestra biblioteca les mostramos a los alumnos de todas las edades nuestras flamantes adquisiciones con la misma emoción y entusiasmo con que en otro tiempo las leímos nosotros. Y la cosa funciona. Nos escuchan con interés. Cogen los libros, los sopesan, los tocan y los huelen casi con desconfianza. Eligen entre los que les vamos enseñando aquel que más se acerca a sus expectativas (quizá el que tiene menos texto, el que parece "para adultos", el que tiene imágenes más llamativas, el de los dibujos Manga, el "súper corto"... no importa, mientras se lleven alguno) Los rescatan, casi como si adoptaran un chucho triste de la perrera, y se lo llevan a una mesa del fondo de la biblioteca. Han pasado diez minutos y no se escucha ni un murmullo en la sala. Todos están enfrascados en su lectura. Durante treinta minutos viven otras vidas, son otras personas. Después suena el timbre y deben volver a clase. devuelven su ejemplar algunos con alivio, los más, con pena. Nos piden que se los reservemos, escondidos en algún rincón para seguir leyendo en el recreo. Les proponemos el préstamo. Lo hemos conseguido. ¡Se han llevado un libro a sus casas!